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Clínica de Sexología y Psicología Pérez-Vieco

Tecnicas de Masturbacion Masculina II.


MASTURBACION SECA.

EJERCICIO 4

Éste es un ejercicio de estimulación prolongada verdaderamente sorprendente.
Estás sentado, en una actitud relajada; comienzas a excitarte con ayuda de las manipulaciones extraídas de algún ejercicio para favorecer la erección.
Cuando tu pene comience a estar lo bastante hinchado y levantado, rodea con el pulgar y el índice derechos la corona del glande formando un anillo a su alrededor. La mano izquierda comienza un masaje suave de los testículos. Te masturbas clásicamente de arriba abajo, sin que se desplace el anillo que aprieta con fuerza la base del glande.
Al chocar contra la corona, el pene se estira. Es exactamente el mismo procedimiento que el del primer ejercicio de esta parte, pero con una colocación diferente de los dedos. El anillo se desplaza uno o dos centímetros, no más. Insisto en el hecho de que la piel del prepucio no se desplaza y no cubre el glande en cada movimiento; sólo se produce estiramiento del pene. Este movimiento muy corto choca contra el glande, que aparece estrangulado y dirigido hacia arriba. La erección se produce y, casi al mismo tiempo, aparecen los primeros anuncios del placer.

La cadencia adoptada desde el comienzo es lenta y muy regular. A cada movimiento de ascensión debes apretar el anillo ejerciendo una compresión seca. Los otros dedos están abiertos y, por consiguiente, no tocan la verga.
Cuando se manifieste un aumento de la tensión, aprieta mucho el anillo, como si quisieras reventar el glande. Detente un breve instante; con cuatro o cinco segundos es suficiente. Recomienza aumentando la velocidad y apretando menos, luego aminora la velocidad y, más tarde, vuelve a apretar.

Este es el momento en que la mano izquierda cesa de excitar los testículos. Retírala por completo y relaja el brazo. La mano derecha y su anillo continúan solos su movimiento. Ahora la erección es realmente muy fuerte. Repliega las piernas para favorecer la distensión muscular de los muslos. El glande se hincha y adquiere una tonalidad púrpura. Ahora no tienes que hacer prácticamente nada más que algunas variaciones de presión y de velocidad pero conservando la amplitud inicial y siempre por intermedio del anillo. Cuando entreveas el deseo de que sobrevenga la eyaculación, reduce la velocidad al mínimo.
Esta estimulación se hace terriblemente excitante y la cabeza te da vueltas; a partir de este momento eres capaz de hacer disminuir la tensión y de acrecentarla acto seguido: sólo hace falta que aprietes el anillo lo más fuerte posible manteniendo tus piernas plegadas y luego estirarlas al mismo tiempo que aflojas un poco la presión de tus dedos. Entonces aparece el líquido lubricante preeyaculatorio.

Llegas ahora a la «fase de meseta», un período que podrás prolongar a tu antojo.
Para que aparezca el deseo de eyacular y luego para hacerlo desaparecer en el momento indicado sin que tengas que detener la estimulación, pasarás a una velocidad superior.
Retira del pene el anillo que formaba tu mano derecha y mastúrbate con la izquierda, en toda la longitud del pene y con marcado vigor, sin que por el momento cubras el glande; aguantas mucho tiempo antes de que vuelvan las ganas. La estimulación que has ejercido desde el principio te permite un control absoluto. Sientes realmente que «te viene» y puedes, si es tu gusto, renunciar a ello.

También puedes constatar que tu erección es sólida y, por así decirlo, definitiva. Para comprobarlo, cesa de masturbarte y no hagas nada con las manos: tu erección se mantiene durante decenas de segundos, se trata del «bloqueo venoso» logrado. En verdad, se requiere mucho tiempo para que comience a desaparecer.
Vuelve a comenzar tu masturbación con la mano izquierda, pero esta vez dejando que tu mano frote el glande: el placer renace, pero se trata de un placer que estás seguro de controlar.

Luego continúas y tu cabeza girará más deprisa. Te hallas en una especie de «estado segundo»; te puedes imaginar incluso en el interior de una vagina y estar seguro de controlar tu eyaculación a la perfección.
Ahora llevarás tu excitación al máximo, alternando tu masturbación con la mano izquierda y con la derecha. Cuando reaparezca con mucha fuerza el deseo de «acabar», vuelve a colocar el anillo alrededor del pene: unos pocos movimientos idénticos conducirán tu tensión hasta el límite de la situación sin retorno.

Decide entonces, por intermedio de tu voluntad, dominar tu inminente eyaculación. Aprieta muy fuerte o, si ello te parece insuficiente, desplaza ligeramente tus dedos para realizar un squeeze*: al producirse el reposo muscular, el peligro se soslaya.
Recupérate durante algunos instantes, suelta las manos. Tu pene se mantiene.
Has llegado a un nivel de placer tan intenso, debido a la progresión de las estimulaciones, que durante bastantes minutos no querrás que cese, lo harás durar.
Nada más sencillo: recoge las piernas o estíralas sin dejar de masturbarte. Con la única condición de «cerrar los ojos», no eyacularás.
Extiende las piernas, contrae la musculatura y observa tu pene; el efecto es inmediato: te «viene».
En este punto, tu decisión te pertenece ya que eres perfectamente dueño de tu control: o bien te detienes sin sentir el menor atisbo de frustración, o bien «decides» eyacular.
* En inglés, «estrujón». (N. del T.)

EJERCICIO 5

Es éste un ejercicio de masturbación prolongada realmente extraordinario. Lo harás cuando te halles particularmente excitado 0 bien cuando la eyaculación precedente ha sido reciente.
Su interés es doble: la erección llega muy rápido al pene fláccido y recalcitrante, pero puedes sobre todo mantener la masturbación sin la menor detención y durante todo el tiempo que lo desees.
Sin ninguna duda, la mejor posición es aquella en la que estás sentado y completamente apoyado contra el respaldo de un sillón o de un sofá.
Traigo una vez más a colación las múltiples constataciones que he podido realizar acerca del comportamiento universal de los hombres (y de las mujeres): suelen «dar manivela» mediante un arriba-abajo inmediato a un pene apático, con obstinación y a menudo sin grandes resultados.

Una de las mejores maneras de proceder en este caso no radica en el movimiento sino en la «vibración».
Te hallas, pues, sentado; inserta total o parcialmente los testículos entre los muslos, apretados uno contra el otro, con las piernas estiradas.

Coloca el pulgar y el índice de la mano izquierda apoyados, sin apretar, en la parte inferior del pene, que está en el interior de la mano derecha, con los dedos abiertos, el pulgar en oposición respecto al dorso y el puño angulado respecto al antebrazo. El pene, aunque disminuido de tamaño, se encuentra así estirado en el hueco de tus dedos y paralelo a éstos.
Mediante un rápido juego de báscula de la muñeca, imprime una alta velocidad a los dedos que encierran el pene: son vibraciones extremadamente rápidas que lo hacen chocar alternativamente con el pulgar y con el resto de los dedos.
Al cabo de pocos segundos, el resultado aparece: el pene comienza a hincharse ligeramente; mientras aumenta en longitud, ten cuidado sobre todo de no detenerte. A1 tiempo que prosigues con estas vibraciones, los dos dedos de la mano izquierda transmiten, mediante presiones moderadas e intermiten-tes, una estimulación a la raíz de la verga. Extiende bien tus piernas, endurece los músculos, bloquea las nalgas. De modo inexorable, el pene cambia y accede a un estado de semierección.

Desplaza entonces los dedos de la mano derecha, apriétalos contra el glande y prosigue con las vibraciones con la mayor rapidez posible, sin soltar tu presa. Las vibraciones agitan la parte media del pene; ello te recuerda las ondulaciones que hace una cuerda sacudida con rapidez por uno de sus extremos.
Desplaza los dos dedos de la mano izquierda, júntalos en la base del pene y lleva a cabo ligeras fricciones de arriba abajo y desde el medio del pene hasta su raíz. Más tarde agrega, de modo progresivo, otro dedo, masajea con un poco más de firmeza, luego otro dedo más y, para terminar, tras una serie de movimientos idénticos, toda la mano.
Continúa estas dos estimulaciones de manera conjunta (vibraciones con la mano derecha y masaje con la izquierda) hasta el momento muy cercano en el que las vibraciones ya no pueden provocar este movimiento ondulatorio; entonces, sin cambiar de actitud, estira el pene mediante un movimiento arriba-abajo lento pero decidido. A1 mismo tiempo, la mano izquierda, que realizaba un masaje muy apoyado de arriba abajo, ejerce presiones sin des-plazamiento pero también muy firmes. Cuando hay presión de la izquierda, hay estiramiento de la derecha. Luego mezclas las dos estimulaciones con la mano izquierda, tres o cuatro presiones cada vez más acentuadas y masajes cada vez más pronunciados.

Es el momento en el que, por tu propia voluntad, sientes ganas de proseguir de otra manera. Hazlo pues: por un encadenamiento lógico, el masaje se convierte en masturbación, pero conserva un tiempo los dedos sin moverlos alrededor del glande, hasta abandonarlo definitivamente. La mano izquierda, entonces, realiza el movimiento de arriba abajo sin tocar el glande; comprime con mucha fuerza el cuerpo de la verga haciendo muy lento el movimiento.

Las piernas, que estaban apretadas desde el comienzo, se abren y liberan los testículos. Sientes que eres perfectamente capaz de prolongar la masturbación hasta el infinito. Te sientes bien, aunque no experimentas la llegada inminente de un placer irresistible.

Aligera entonces la presión sobre el pene y pasa a una velocidad muy rápida. Al cabo de pocos segundos eres consciente de que no tardarás mucho en eyacular.
Desconcéntrate de modo repentino, relaja los músculos y haz más lentos los movimientos apretando con mucha fuerza el pene. Luego continúa con mucha ligereza y rapidez: renace la intensidad del placer.
A partir de entonces puedes cambiar de mano y seguir con un ritmo normal y con mucha regularidad. Curiosamente, y sin que lo adviertas realmente, acabas de pasar la fase crítica.
Te hallas entonces en el «estado segundo»; experimentas confusamente la sensación de que te estás masturbando, pero tu conciencia está como dormida: tus gestos no te pertenecen y parece que se llevan a cabo por sí solos.
Tu sentimiento más agudo, independiente de tu satisfacción sensual, está construido sobre el orgullo, orgullo de un éxito del que, quizá, no te creías capaz.

Para volver a experimentar los intensos segundos que preceden a la marea eyaculatoria puedes retomar con la mano izquierda las dos estimulaciones ya descritas, pues es un hecho que se ejercen mejor con dicha mano.
Ahora, más aún que con la derecha, prolongarás tu placer hasta el punto más alto y todo el tiempo que desees.
Tras la masturbación lenta y firme, y luego de que se disipe un poco el deseo de eyacular, aumenta poco a poco la velocidad en lugar de reactivarla, todo ello aligerando la presión. No precipites el cambio: la operación debe ser continua.
Para terminar, llegas al mismo punto que antes pero después de tomarte el tiempo necesario para habituarte: así descubres este goce preeyaculatorio.
Basta con dejar que tu espíritu flote y marche a la deriva. Si quieres eyacular, concéntrate en el pene.

EJERCICIO 6

Esta clase de estimulación puede interesar a todas las personas del sexo masculino, sobre todo a aquellas que aprecian una cierta firmeza desde el comienzo.
Se trata de hacer que sobrevenga la erección según una «adaptación» del movimiento usual de la masturbación en un pene fláccido y fatigado.

Por regla general, y en el caso de una excitación natural, no es indispensable proporcionar estimulaciones a los testículos. El pene moderadamente dispuesto no tiene necesidad de ayuda complementaria; es más, ciertas maniobras manuales no hacen más que aumentar con demasiada rapidez el placer y precipitar la eyaculación.
En el caso del pene perezoso, la complementariedad de las estimulaciones es prácticamente obligatoria, mas puede variar según la firmeza o la ligereza de éstas; es cuestión de gusto, pero, más aún, de oportunidad.

Si, antes incluso de cualquier forma de estimulación, te encuentras muy excitado, todo toqueteo, toda caricia, toda manipulación resultan indicados.
Pero el problema es inverso y doble: tratar de retrasar el momento, «aguantar el mayor tiempo posible» o, lo que no constituye un problema, aliviar en las pausas más indicadas, una tensión excesiva.

En el caso de relativa apatía sexual, cuando por una estimulación fortuita o querida, constatas una modificación positiva, no cambies, sobre todo, con demasiada rapidez el origen de ésta; en la mayor parte de los casos no harás más que retrasar, o incluso interrumpir, el proceso que ya se ha desencadenado.
Justamente, este ejercicio se refiere a este estado preciso. A1 realizarlo podrás poner en aplicación este principio.
Elige estar de pie, pues esta posición, con mucho la más tónica, aporta su contribución a la solución.
Mantener las piernas apretadas es prácticamente «obligatorio», pues es necesario que tu estimulación manual se vea reforzada por una tensión muscular apropiada. En efecto, si mantienes las piernas juntas puedes bloquear más tus nalgas; los músculos así contraídos favorecen el advenimiento de la erección al comprimir la zona pelviana.

Con la totalidad de la mano izquierda coges los testículos, con el pulgar y el índice apoyados a una y otra partes de la base del pene: el pulgar flexionado resulta aún más efectivo. Ambos dedos se hunden en la raíz mientras los restantes comienzan a realizar tracciones del escroto.
Coloca el pulgar de la mano derecha en el dorso del pene, con el glande sólo parcialmente descubierto ya que es necesario que el prepucio pueda deslizarse y cubrirlo posteriormente. El índice y el mayor se colocan debajo, de frente al pulgar y bien situados sobre el eje.
Con cierta firmeza pero sin ejercer una presión excesiva, y con sólo estos tres dedos, comienzas por un movimiento de masturbación clásica.
Empieza por ocuparte de tu pene conservando el apoyo de los dedos, estables, es decir, sin que se desplacen hacia el exterior pero que, mediante el movimiento de vaivén, obliguen a estirarse al pene. Así pues, es el cuerpo de éste el que se ve estirado y contraído. Tu movimiento comienza con un ritmo medio, sensiblemente similar a la velocidad de un coito «bien montado». La mano izquierda tensa el escroto, estira los testículos y los masajea; el pulgar y el índice continúan su presión. Contrae las nalgas de modo intermitente, alter-nando relajamientos y compresiones, pero con un ritmo más lento que el de la masturbación.

En los primeros segundos, estas incitaciones no demuestran su efecto. No cedas, no cambies nada, prosigue al tiempo que intensificas tu mirada.
Al cabo de pocas decenas de segundos (en todo caso siempre antes del minuto) es casi imposible que no constates un hinchamiento del pene. Apoya cada vez con más firmeza, con la fuerza y la convicción apropiadas, y pon el acento sobre el siguiente detalle de gran importancia: cuando los dedos derechos estiran hacia delante el pene, el efecto de fuerza y de presión muy localizado a nivel de su impacto debe afirmarse más; imprímeles un impulso en forma de sacudidas que vengan a percutir contra el glande. El efecto es completamente satisfactorio, más aún que la no lejana erección; este impulso es el que transmite la mejor sensación, pero ésta no se experimenta plena-mente si la masturbación no se practica con «nervio».

A medida que el pene se hincha y se estira resulta más difícil proseguir sin que los dedos no se desplacen sobre la piel, que, debido al estiramiento, pone el glande al descubierto. Resulta prematuro masturbarte gracias al deslizamiento normal de la piel por el cuerpo del pene. Realiza pues apoyos más alejados, es decir, «gana piel» situando tus dedos más atrás; se trata de proseguir durante mucho tiempo todavía, hasta el límite en que una imposibili-dad real requiere otra cosa.

No olvides la enorme estimulación de tu mano izquierda que masajea ahora con extremado vigor: extiende las piernas y aprieta definitivamente las nalgas.
Esta permanencia de las tres incitaciones lleva no sólo a la erección deseada sino que también se acompaña de cierta molestia en lo que respecta al movimiento central, creando así un cierto dolor o, mejor dicho, cierta inco-modidad. No cedas todavía, tu glande puede aún impregnarse más y ello te parecerá aún más fácil a efectos de prolongar tu masturbación.
Cuando al fin comiences a hacer deslizar los tres dedos, la sensación será bien desagradable y casi sentirás deseos de retomar el movimiento precedente. No dura mucho; mastúrbate ahora vigorosamente, siempre de la misma manera; sobre todo, no cojas tu pene con la mano. El pulgar, el mayor y el índice son indispensables para acceder a este estado de gracia que se mantendrá tanto como desees. Ahora sientes la oleada de placer que parece subir desde las piernas hasta el miembro y descender para volver a subir: se trata de un placer real que querrás prolongar.
La verdad que no es difícil hacerlo: tus muslos, si permanecen cerrados, precipitarán la eyaculación.
Disloca las caderas tomando apoyo sobre una sola pierna y separa el muslo no bloqueado; instantáneamente el flujo de la excitación disminuye y casi desaparece sin que tengas que limitar o detener la masturbación. Mantente así durante algunos segundos; luego vuelve a aproximar los muslos; en cuanto a la mano izquierda, prosigue con ella el masaje cada vez con más vigor.

Cuando reaparece el deseo de eyacular, vuelve a comenzar.
Al cabo de cuatro o cinco de estas alternancias, la necesidad se hace cada vez más urgente y el tiempo de recomenzar tu masturbación aumenta, lo que, a su vez, hace necesario una mayor separación de las caderas. ¡Cuida que no sea demasiado tarde!
Llegado justo al límite, dislócate al tiempo que contraes las nalgas: de este modo detendrás por completo el precipitarse de la eyaculación.
Es entonces que aparecen las «perlas lubricantes» que traducen tu sobreexcitación.

Has franqueado el límite en el que la eyaculación puede sorprenderte, eres ya completamente capaz de retenerla sin que ceses de masturbarte. Hasta que decidas concluir.

Texto Original de libro de Mark Emme: “Tecnicas de maturbación para el hombre”

Post from: Sexologia por Sexologos Valencia.

Tecnicas de Masturbacion Masculina II.

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