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Clínica de Sexología y Psicología Pérez-Vieco

Tecnicas de Masturbacion Masculina III.


MASTURBACION SECA.

EJERCICIO 7

Tomarse tiempo para hacer el amor, tomarse tiempo para acariciar a otro, tomarse tiempo de hacer el amor consigo mismo, tomarse tiempo para masturbarse.
He aquí las claves y las palabras más rigurosamente indispensables para alcanzar la verdadera voluptuosidad.
Pero ¿cuántos hombres, en realidad, lo saben? ¿Por qué, tratándose incluso de su egoísmo, son capaces de considerar por sí mismos lo que podría ser aún mejor?
Simplemente porque siempre han pensado que la pulsión sexual es demasiado imperiosa, desde el instante en que la causa de la excitación se ha presentado, como para poder ser dominada.
Así, se dejan llevar por la facilidad que representa el camino más corto. En este sentido el hombre es la imagen apenas matizada de la bestia, ya que, más que una carencia evidente de inteligencia, es la «voluntad» lo que realmente falta; o, si se prefiere, su inteligencia no lo determina en esos momentos en que es necesario dar pruebas de voluntad.

Sólo ella permite controlar el placer, dirigirlo, canalizarlo, hacerlo fluctuar, hasta someterse, cuando lo desea, a él y en él sumergirse.

La afirmación puede formularse de una manera netamente menos teórica:
Cuanto más largas son la estimulación sexual y la exacerbación de la sensualidad, más se mantiene la erección y más desgarradora es la eyaculación. Los ejercicios de esta parte del libro no tienen otra finalidad que hacerte descubrir y apreciar esta verdad.
Síguelos al pie de la letra para realizar el aprendizaje del control de la voluntad.
La estimulación propuesta en este capítulo es prácticamente la misma desde el comienzo hasta el final. Estás de pie, con las piernas sin apretar y los músculos de las nalgas laxos. Por supuesto, el pene se halla en reposo; la mano izquierda, si eres diestro, se ocupará de él durante toda la duración, con excepción de los últimos segundos (si deseas eyacular).
Pon los dedos en la posición siguiente: el pulgar sobre el dorso del pene, a mitad de camino entre la zona media y la corona del glande, que se halla descubierta. Los cuatro dedos opuestos se disponen en línea separados entre sí, con el índice situado en el frenillo y el meñique en la inserción del escroto, hundiéndose en éste. El apoyo de tus cinco dedos es firme desde el comienzo de esta estimulación. Los cuatro dedos inferiores estiran la piel hacia atrás al máximo sin que se produzca ningún desplazamiento. Sólo el pulgar rechaza hacia delante el glande apoyando con fuerza; con esto hace que la piel del prepucio envuelva ligeramente la corona.

Resulta muy agradable contemplar el miembro durante todo el ejercicio. El pulgar prosigue su movimiento arriba-abajo y choca contra la corona de manera profunda, lenta y regular. Puedes constatar que el glande se oscurece muy rápidamente y que, por su parte, el resto del pene se hincha de modo gradual.

Cuando estas modificaciones se acerquen a una semierección, prosigue la misma estimulación, pero esta vez con un desplazamiento de los dedos inferiores debido al estiramiento de la piel. De ello se sigue que el pulgar y los dedos opuestos hacen un movimiento contrario, el frenillo resulta estirado hacia atrás y el pulgar, debido a su empuje, hace que el glande bascule hacia delante. Ten mucho cuidado de que este movimiento no caiga en una simultaneidad que se parecería demasiado a la masturbación tradicional. En efecto, la manipulación aquí descrita permite mantener una estimulación extremadamente prolongada sin desencadenarse el deseo de una eyaculación demasiado precipitada.

Cuando sientas, precisamente, que tu placer se hace más exigente, no modifiques ni el ritmo ni la presión: limítate a disminuir ligeramente la amplitud. Lo más importante es apartar sin dilación la mirada. Ello basta para reducir la tensión hasta un nivel controlable.
Cuando la erección esté completamente establecida, has de permanecer atento pues este movimiento tiene también la particularidad de ser extremadamente eficaz para engendrar una eyaculación.

La ventaja de esta disposición de los dedos radica en que facilita la operación de squeeze (uno o varios). Te corresponde comprimir con decisión el pene entre el pulgar y el índice: al cabo de algunos segundos, el deseo eya-culatorio se disipa, sin que ello, no obstante, comprometa la erección.
A partir de este límite constatarás que la erección se mantiene. Puedes incluso cesar toda clase de estimulación durante algunas decenas de segundos sin que aquélla se reduzca. Por lo tanto, puedes fácilmente alternar estas estimulaciones con paradas voluntarias. Tu placer será un poco más intenso cada vez y resultará perfectamente controlado.
A partir de este instante puedes incluso acentuarlo. Deja que los dedos se coloquen en ángulo abierto con relación a tu muñeca (como en la culata de un fusil); los dedos inferiores se tocan, estiran siempre hacia atrás sin dejar de comprimir, el pulgar acentúa la presión de su masaje y ello obliga al pene a inclinarse hacia la derecha.

Como en la mayor parte de estas estimulaciones originales, puedes perfectamente detenerte sin querer eyacular; habrás conocido un placer duradero sin que intervenga la frustración. Cultivarás un orgullo del todo justificado ante este nuevo comportamiento. Sin embargo, también puedes gozar legítimamente sólo a partir de este momento, ya que habrás puesto a prueba la capacidad para contener la eyaculación.
Habida cuenta de la duración muy larga del mantenimiento del placer, tu goce será terriblemente intenso y tu eyaculación muy poderosa.

Conserva tu mano en su primera posición y agita tu pene con los movimientos arriba-abajo usuales, aunque con la amplitud más corta posible y, asimismo, con la mayor de las velocidades.
Bastan dos o tres segundos.
Si quieres gozar aún con más intensidad, hazlo con la mano derecha, siempre y cuando la coloques en una posición idéntica.

EJERCICIO 8

Se presenta ahora un ejercicio que conviene en gran medida a quienes son víctimas regulares de eyaculaciones precoces, tengan o no dificultades de erección.
Es necesario que adquieran el conocimiento profundo de sus sensaciones sexuales, pues es indispensable que descubran sobre todo cómo controlar progresivamente sus eyaculaciones intempestivas.
Es también evidente para todos que cuando se habla de eyaculaciones precoces se hace referencia al coito y nadie, absolutamente nadie, habla de estas eyaculaciones igualmente rápidas cuando aparecen en el curso de la masturbación.

Personalmente pienso -y puedo probarlo a los desafortunados que a despecho de la consideración que manifiestan por el coito prosiguen paralelamente con sus masturbaciones solitarias- que su «enfermedad» tiene todas las posibilidades de remediarse, precisamente por intermedio de la masturbación y en el curso de ésta… a condición de que admitan previamente su justificación, no como un fin con pequeños medios, sino como una subli-mación del placer.
La originalidad de este ejercicio es doble. Ante todo, recurre a estimulaciones diferentes; luego, cada una de ellas se ejecuta con lógica, pero separadas entre sí por un período de reposo.
El principio es simple: es necesario que el pene que se resiste a obedecer se vea obligado a habituarse a estimulaciones repetidas pero espaciadas. Se requieren estimulaciones breves al comienzo, y luego cada vez más prolongadas y períodos de inactividad inversos.
Lee acto seguido el camino a seguir, incluso si no padeces ese otro inconveniente que es la dificultad de erección.
Te hallas de pie y tienes, necesaria e imperativamente, que mirar tus maniobras durante todo el ejercicio. Esto es en extremo importante para aunar juiciosamente la estimulación visual, que te empuja a gozar rápidamente, con las técnicas masturbatorias, las cuales, debido a su programación, tienen como efecto un retraso de tu goce.
Si eres diestro, la mano izquierda sola comienza la estimulación. Sólo colocas el pulgar, el mayor y el índice un poco por delante de la mitad del pene, mirando hacia el abdomen. La cogida debe ser ligera, suave. Mediante cortos impulsos, le imprimes sacudidas de arriba abajo; la flexibilidad debida a su flaccidez permite un movimiento axial importante de su parte anterior, en la que, evidentemente, se hallará el glande al descubierto.
A1 cabo de un tiempo que varía según seas más o menos sensible a esta incitación (a menudo en menos tiempo del que imaginas), tu pene se hincha y se alarga. No cambies nada en tu gesto, ni la moderada velocidad que has imprimido desde el comienzo, ni la ligera presión de tus dedos.

Cuando el pene adquiere un estado de semirigidez, mantén la cadencia haciendo sólo un poco más fuerte el apoyo del pulgar.
Prosigue entonces esta estimulación simple durante el mayor tiempo posible, pues es la primera base seria para corregir la eyaculación precoz. En primer lugar, el glande experimenta los impulsos indirectos que le aportan excitación, sin que haya el menor contacto. En segundo lugar, la parte que está en contacto con los dedos es la menos sensible del miembro. Por último, esta estimulación mantiene indefinidamente una erección muy correcta y no se parece en nada al clásico movimiento de vaivén.

Cuando, por último, la rigidez del pene ya no permite el quiebro por encima de los dedos, hazlos retroceder hasta la raíz, apriétalos aun mas y acelera netamente el movimiento. El pulgar apoya dos veces más que los dedos inferiores allí donde se han encontrado con el meñique. Estas sacudidas deben ser ahora muy marcadas e incluso nerviosas.
Si perteneces al grupo de hombres que padece «dificultades de erección», bloquea los músculos de las nalgas con mucha fuerza para aumentar la tensión sexual; en el caso contrario, cuida de relajar la musculatura.
Ha llegado el momento de la erección: el pene se balancea en su totalidad, el glande cobra un color púrpura. Tienes que continuar esta manipulación durante quince minutos por lo menos; no te expones para nada a la eyaculación ya que este movimiento contribuye al aumento de la presión venosa en el cuerpo del pene, pero no favorece la expulsión del esperma. Detenlo todo ahora y deja tranquilo al miembro durante por lo menos cinco mi-nutos.
Una vez que ha pasado este tiempo, coloca suavemente los dedos tal como se hallaban antes de la interrupción. Sin duda tu pene se habrá «deshinchado»; retoma la estimulación en el punto en que la habías interrumpido; pronto el miembro recobrará su aspecto anterior. Compensa la presión del pulgar mediante una presión análoga de los otros dedos; el pene ostenta ahora una sólida erección y, gracias a la conjunción de estas dos fuentes de apoyos vigorosos con balanceo de arriba abajo, experimenta una rotación alrededor de su base en sentido antihorario.

Nuevamente mantén este ritmo durante el mayor tiempo posible y luego detén una vez más la manipulación, menos, no obstante, que la primera vez: basta con uno o dos minutos.
Puedes constatar que la pérdida de erección es mucho menos importante y que la reanudación de la estimulación es, a su vez, más rápida.
Cuando el pene vuelve al punto en que se encontraba anteriormente, modifica la colocación de los dedos inferiores; se hunden en el escroto y lo estiran con fuerza hacia abajo; sólo el índice permanece en la raíz externa del pene.

Recomienza entonces con el movimiento de balanceo de arriba abajo: las inflexiones se hacen muy cortas, incluso secas, y hacen que el «placer» viaje por el pene; la piel se halla por completo replegada hacia atrás, el glande ostenta su máxima turgencia.
Mantén entonces esta estimulación el mayor tiempo posible. Tampoco en este caso tienes que temer una eyaculación, que no puede tener lugar y que, de cualquier modo, ya no sería prematura, habida cuenta del tiempo que has dedicado a tan agradable excitación.
Es el momento en que sientes ganas de «masturbarte». No lo hagas, detente unos veinte a treinta segundos. Tu erección se mantiene sólida hasta el momento en que realmente sientas deseos de «acabar».

EJERCICIO 9

Así como es más fácil retrasar la eyaculación cuando las estimulaciones sexuales se alejan del esquema de la masturbación tradicional, existen asimismo técnicas de masturbación prolongada que se adaptan al vaivén clásico.
El presente ejercicio se apoya principalmente en este gesto milenario.
Es absolutamente necesario que se realice de pie pues esta actitud es la única conveniente para ejecutar este simple movimiento del cuerpo, frenando la marea eyaculatoria.

Los eyaculadores precoces tienen especial interés en controlar las detenciones cuando están indicadas, para luego acortarlas de modo progresivo y, al fin, suprimirlas. La finalidad de esta estimulación, clásica por sobre todo, reside en una prosecución continua de la excitación, es decir, que el pene debe estar en condiciones de soportar mucho más allá de lo soportable, siempre que no haya interrupciones.

Evidentemente, todos los otros artificios naturales ya expuestos en otra parte, intervienen según el momento y según el estado: la mirada que se fija o se aparta, los músculos de los alrededores tiesos o relajados, la zona erógena de los senos «agredida» o dejada de lado.
Comienza la estimulación como te guste, según tu método propio o por uno correspondiente a los ejercicios precedentes; aquí el comienzo tiene poco importancia.
Me ocupo, pues, del ejercicio desde el momento en que experimentas una erección persistente, a sabiendas de que has superado el estadio preparatorio.
Entras ahora en el período durante el cual se manifiestan las primeras ondas del placer. Es la fase más atractiva y que, precisamente por eso, hace que los hombres tiendan a precipitarla en lugar de contenerla.

Atención, eyaculadores precoces: abandonen inmediatamente el pene; un segundo más y podéis arrepentiros.

Tras un tiempo de tregua que varía según la sensibilidad de cada uno, reemprende tu masturbación mediante el clásico vaivén. No olvides la contracción y la relajación de las nalgas, pues en ello radica toda la diferencia. Una nueva advertencia a los «desafortunados»: desde el momento en que aparece una onda de placer más aguda que las precedentes, tened el coraje de suspender instantáneamente. Todos os tenéis que acordar de que el goce será tanto más intenso cuanto más veces haya sido contenido vuestro placer.
Por último, aparece la fase capital, que precede en muy poco tiempo al «punto de no retorno».
Separa discretamente las piernas, si se tocaban, unos treinta centímetros; inclínate hacia delante, sin dejar de masturbarte, ahueca los riñones y echa hacia atrás las nalgas, pero sobre todo intenta llevar el pene a una posición paralela a la horizontal e incluso más abajo.
Esta vez es inminente: sientes el brusco aumento de tu tensión. ¡Dos o tres segundos más y eyacularás!

Sigue ahora con la mayor exactitud estas indicaciones, sin cesar de masturbarte: de una manera espontánea, pero sobre todo coordinada a la perfección, flexiona las piernas unos diez centímetros echando hacia delante las nalgas y hacia atrás el vientre; no muevas los muslos y toma simplemente un ligero apoyo en las piernas; pero sobre todo, sobre todo, masturba el pene en posición vertical, bien apretado contra el vientre.
El efecto es inmediato y espectacular; el deseo de eyacular desaparece instantáneamente. Puedes proseguir durante algunos instantes así, incluso bastante tiempo; has retrocedido lo suficiente como para permitírtelo.
Para que renazca este placer sordo y muy sutil que precede al desbordamiento del esperma, vuélvete a poner en la posición anterior, y así sucesivamente. Cada vez podrás constatar la eficacia sorprendente de este ejercicio que consiste en jugar con fuego sin interrumpir jamás la masturbación. Se trata del absoluto control de las fluctuaciones del placer.

Texto Original de libro de Mark Emme: “Tecnicas de maturbación para el hombre”

Post from: Sexologia por Sexologos Valencia.

Tecnicas de Masturbacion Masculina III.

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