Tecnicas de Masturbacion Masculina IV.

MASTURBACION SECA.

EJERCICIO 10

Sin lugar a dudas, la posición acostada sobre la espalda es la que permite una mejor relajación y, por consiguiente, la que ofrece la ventaja de mantener, durante el mayor tiempo posible, una masturbación prolongada y, sobre todo, el placer de la fase preeyaculatoria.
Precisamente a causa de esta inmovilidad obligada del cuerpo, el cerebro disocia con mayor nitidez la parte correspondiente a lo físico; pero en esta relativa facilidad, lo más difícil no es tanto tener la voluntad de detenerse a tiempo, sino la de seguir «desconectando» lo cerebral.
Te tumbas en una actitud de gran relajación, con las piernas ampliamente separadas, ya que así te será más fácil no dar rigidez a tus piernas ni activar la musculatura de las nalgas. Ya por tu predisposición y por tu desnudez, sin ninguna excitación sofisticada, tu erección adviene. Desde este momento, el deseo de gozar, superior al propósito de hacer durar tu placer, te empuja habitualmente a una masturbación frenética cuya duración no excede unas decenas de segundos.
De hecho, puedes optar por ello para renovar tu placer al cabo de una hora o dos; ¿quién te lo reprocharía? Sólo que no hay que olvidar que este segundo placer, aun si dura mucho tiempo, no es por ello más fuerte: es de intensidad variable y siempre más restringido en lo que respecta a la eyaculación.
Lo ideal es conquistar el control que se pone en el segundo para realizar el primero. Allí, y sólo allí, reside la dificultad enorme de la gran mayoría de los hombres.

Asimismo, hay que saber que la mano que masturba, si es extraña, acelera mucho el proceso de la eyaculación y que su impacto no se halla en el tacto sino en la idea que uno se hace de él; es pues más psíquica que física.
Hete aquí por qué es indispensable realizar este aprendizaje aisladamente, para conocerse bien, si uno quiere sacar beneficio de la duración y del placer acrecentado de ser masturbado.
Empiezas de modo muy clásico; antes de que sobrevengan los primeros signos de la ascensión del placer, empero, conduce la mano derecha a la mitad superior del pene, sin que el glande sea frotado jamás con tus manos. Ejecuta un vaivén muy corto de modo que la piel del prepucio lo recubra casi por entero; no desciendas más allá del rodete del glande, es decir, del anillo formado por tu pulgar y tu índice.
Cuando la mano asciende nuevamente, es necesario hacer desaparecer el vértice del pene en su interior rodeándolo lo más completamente posible.
La mano izquierda puede entonces coger la mitad inferior del pene y ejercer allí una presión fuerte y constante. Esta disposición de las manos, si tienes cuidado de colocar el pene en la vertical (perpendicular a tu vientre), cobra la apariencia de una penetración vaginal.

Para que disminuya la intensidad del placer, ejerce tracciones muy marcadas hacia arriba; para aumentarla, reduce la amplitud del vaivén -ya de por sí corto- y limítalo a la corona del glande, siempre bien cubierta por el prepucio, de modo que el vértice del glande no sobresalga de la mano.
Asimismo puedes combinar con estas variaciones los efectos que procuran los cambios de velocidad: cuando la masturbación se lleve a cabo mediante tracciones hacia arriba, aminora la velocidad hasta el extremo; cuando la masturbación se circunscribe a la corona del glande, hazlo con mucha mayor rapidez. También puedes hacer intervenir las modificaciones obtenidas mediante la presión: fuerte y marcada cuando te hallas arriba, y ligera en la base del glande.

Cuando el placer comience a hacerse más apremiante, afloja la mano izquierda y conserva sólo el índice y el pulgar, a los cuales haces descender hasta la base del pene; rodeándola, apriétala con fuerza. Ello es suficiente para estabilizar tu placer en un punto soportable. Si a pesar de esta maniobra sientes la inminencia de la eyaculación, interrumpe durante algunos segundos la masturbación y acerca el pene al abdomen; no hace falta más para que el deseo desaparezca.
A partir de este instante podrás constatar la rigidez de la erección, ya que cuanto más dure la masturbación, más definitiva será la acumulación sanguínea.

También aquí el cerebro debe desempeñar su papel director; cuando gracias a la voluntad has rozado apenas el punto de no retorno, la fase de meseta puede prolongarse indefinidamente si logras disociar plenamente lo físico de lo mental. Concretamente, es necesario que la mano continúe masturbando de una manera casi automática mientras dejas «flotar» la mente. No debes pensar en lo que estás haciendo, no buscar imágenes precisas de parejas, de penetración y de eyaculación. Sólo así llegarás a ese «estado segundo» en el que tu cerebro, privado de toda excitación complementaria, no captará más que las sensaciones localizadas exclusivamente en tu sexo; no son éstas las que te harán eyacular, sino la emoción creada por la representación de un goce precedente.
Esta capacidad para disociar el placer de la emoción (y por lo tanto de prolongar todo lo que desees este exclusivo placer), puede lograrse de la misma manera si eres masturbado por tus propias manos o por otras. Por el contrario: ¡reconduce tu espíritu a tus manipulaciones y eyacularás al cabo de tres segundos!

EJERCICIO 11

El siguiente ejercicio puede considerarse una continuación del precedente. Suponiendo que has terminado por eyacular, menos de una hora después puedes hacer que renazca el deseo, el placer y una nueva eyaculación. En este caso, tras el establecimiento de la erección, es evidente que la prolongación de la masturbación para hacer durar el placer es infinitamente más fácil de llevar a cabo.
La verdadera «dificultad» puede situarse en el terreno de la erección; según las naturalezas y las circunstancias, una excitación, aunque sea sumaria, puede hacer que vuelva; a veces, la satisfacción primera parece no dejar lugar al menor deseo: el pene completamente apático no pide más que reposo, mientras que lo cerebral quisiera «gozar» una vez más.

Insisto en lo dicho en los ejercicios de la primera parte, es decir, que no sirve para nada emprender el gesto clásico en un pene en reposo tras la satisfacción. Es más, existen todos los motivos para que semejante manipulación produzca el efecto contrario.
En este caso, una excitación indirecta, no táctil, se revela particularmente eficaz, pues los estímulos de orden psíquico transmiten casi en toda ocasión reacciones positivas: una película o unas fotografías pornográficas, a falta de escenas reales, engendran deseo la mayor parte de las veces.

Puedes igualmente verificar el automatismo de la reacción por la estimulación psíquica si en lugar del voyeurismo pones una cierta dosis de exhibicionismo: sin cometer el menor atentado al pudor, ya que te hallas en casa y no en el balcón, el hecho de estar desnudo y de poder ser visto desde una ventana situada enfrente desencadena el mismo proceso: de espectador te conviertes en actor; estos dos aspectos de la excitación visual son de la misma esencia que, en otro registro, el sadismo y el masoquismo.
Basta entonces con agregar algunas caricias a tu desnudez para obtener lo que el encarnizamiento de tu mano no siempre puede alcanzar, con mayor razón en la intimidad o la oscuridad.
Siempre acostado como en el transcurso del ejercicio anterior, los pulgares y los índices se colocan en la base del pene, previa liberación del glande. Estirarán con fuerza hacia abajo, como queriendo hundirse en la pelvis. El pene aparece entonces completamente suelto y, aun cuando está fláccido, se conserva en posición perpendicular al vientre.
Sin desplazar los dedos, imprímeles un movimiento de atrás hacia delante que produzca sacudidas rítmicas y ligeras, siempre estirando con fuerza la piel del pene hacia abajo. Esta manera de actuar desencadena el comienzo de la erección, con la condición de continuar de manera muy regular.

A mitad de camino entre la apatía inicial y una nueva erección normal, comienza sin esperar más con una masturbación clásica pero con lentitud, sobre todo cuidando de obtener una estimulación contraria, es decir, que la presión no debe ya ejercerse hacia abajo, sino hacia arriba. Debes pues presionar más fuerte cuando la mano se remonta hacia el glande. Detén el gesto justo antes de llegar a éste, antes de que el prepucio pase a cubrirlo. Debes poder proseguir durante largo tiempo, incluso cuando la erección se ha hecho más estable, sin que experimentes el deseo de masturbarte con mayor energía. No precipites nada, al contrario, aprovecha este estado de gracia para que el placer cobre vuelo y llegue oportunamente a su madurez.
En efecto, de continuar podrías experimentar un nuevo orgasmo, pero a continuación verás la indicación de un movimiento que te hará descubrir un placer netamente más prolongado.

La adquisición de su técnica no es fácil pues requiere una destreza y una agilidad que deben mantenerse durante cierto tiempo para ser controladas y, por lo tanto, apreciadas; sin embargo, la excitación transmitida, aun cuando sea aproximativa, es tan virulenta que la eyaculación sobreviene en menos tiempo que el que se tarda en nombrarla:
Rodeas la base del glande con el anillo formado por el pulgar y el índice, pero sin que ellos toquen la corona, únicamente sobre la piel del prepucio. Con anterioridad, «enroscas» dicha piel alrededor del glande; dicho de otra manera, haces que el prepucio efectúe una rotación justo bajo la corona, al máximo de su estiramiento en sentido lateral izquierda-derecha ya que es tu mano derecha con la que has orquestado esta magnífica excitación.
Una vez cumplimentada esta disposición, el glande, posiblemente repleto ya de sangre, aparece literalmente estrangulado. Tus dedos así colocados sobre el rodete no se mueven más y se contentan con mantener su presa moderadamente apretada.

Tu mano se abre entonces y los tres dedos restantes se extienden. He aquí lo que tienes que hacer, sabiendo que es mucho más difícil mantener bajo el efecto de la estimulación que ejecutarla: de una manera extremadamente rápida imprimes a la muñeca y al antebrazo, mientras el codo no tiene ningún apoyo, un movimiento de báscula vibratorio alrededor de su eje, de amplitud muy débil. Tus dedos extendidos aumentan entonces por su percusión sobre el cuerpo del pene la oposición de su fuerza de inercia.
Todo esto semeja un poco a una estimulación ya comentada, pero difiere considerablemente a causa de la forma de coger el pene, de la posición de los dedos extendidos y de la falta de apoyo del codo.

El deseo de eyacular es fulgurante: bastan dos o tres segundos si no se anda con cuidado y, sobre todo, si por el hecho de la inexperiencia se deja que el cerebro resulte impresionado por esta estimulación. .
Para habituarse a este placer preeyaculatorio y para aprender a hacerlo durar mientras es tan intenso, es absolutamente necesario «desconectar» el cerebro, olvidar por completo lo que hacen los dedos, relajar todas las tensiones musculares y hundirte en un estado de ingravidez.
Esta manipulación verdaderamente asombrosa puede volver a ejecutarse con iguales resultados una tercera vez. ¡La verdad es que hace falta estar muy saciado para que no llegue a su objetivo!

EJERCICIO 12

Este ejercicio da término a la primera parte de la sección consagrada a la masturbación prolongada seca, en la que ésta se efectúa principalmente en un pene en reposo y cuyo movimiento rítmico conduce la piel en el interior de la mano.
Antes de abordar la explicación considero necesaria la siguiente advertencia:
La zona en que se sitúa la mayor sensibilidad del pene es la corona del glande y más precisamente, durante la erección, su porción dorsal, allí donde el prepucio rebrota en estado de turgencia.
Esta advertencia es útil para tomar conciencia de que, independientemente del papel determinante del psiquismo, y para hablar sólo del aspecto técnico y físicamente sensual de la masturbación, esta zona determina el hecho de que se sea o no un eyaculador precoz, el acortamiento de la fase de meseta y la aceleración de la eyaculación.

La mano, y con mayor exactitud el interior del pulgar que pasa y vuelve a pasar por encima del rodete, incluso a pesar de la protección que constituye la piel del prepucio, desencadena una sobreexcitación que abrevia el tiempo de la masturbación y, por consiguiente, del placer que ésta provoca. Por el contrario, la mano que sabe detenerse en el momento justo sobre el glande mantiene la erección, contiene al placer y retrasa la eyaculación (esta precaución deja de ser indispensable cuando se tiene acceso al «estado segundo» del que hablare-mos a continuación).
El ejercicio que propongo ahora es, sin ninguna duda, el más acabado, el más difícil, pero también el más eficaz.
Siempre acostado en la cama y siempre con el cuerpo relajado, con las piernas medianamente separadas, la estimulación sexual comienza por las manipulaciones que tú desees: reducidas a un modo aproximativo si ya te hallas excitado pasablemente, más elaborado si lo estás menos y francamente intensas (como las de la primera parte de este libro) si piensas que no lo estás en absoluto.

A partir del momento en que la erección se manifiesta, mastúrbate con mucha regularidad, muy lentamente, sin apretar el pene, pero sobre todo hazlo con la mano izquierda y sin que ésta pase jamás por el glande; debe detenerse en el borde mismo de éste, como esbozando el movimiento.
A1 mismo tiempo, tu pensamiento debe alejarse de la acción; haz el vacío absoluto y, para ello, cierra los ojos con mucha vigilancia pues no debes olvidar que una sola mirada de dos o tres segundos hacia el glande en erección hacen más que dos minutos de masturbación a ciegas. Esto es primordial al principio, si no quieres perder el control, ya que la alarma que constituye la primera ascensión del esperma es, con mucho, más difícil de obedecer; resulta pues temerario agregar al tacto la injerencia de otros sentidos.

Para ayudarte en esta búsqueda del vacío cerebral, sin dejar de tener la cabeza inmóvil y relajada, imagina simplemente que la meneas, concéntrate en la ejecución ficticia de este gesto alternativo que te acuna y te distancia de la acción que está llevando a cabo tu mano. Este procedimiento imaginario debe ser constante e intenso como para que tu psiquismo esté en ventaja respecto a tu físico; más precisamente: debe cobrar mayor altura que las sensaciones que vendrán a «agredirlo». Preparado de este modo contra ese flujo, sin dejar por ello de estar «liberado», podrás contenerlas sin dificultades insuperables.

Cuando sobreviene la primera oleada de placer, que precede en pocos segundos a la eyaculación, tu introspección se hace más atenta; para ello, aprieta los párpados con más fuerza, estabiliza la respiración sin dejar de masturbarte cerca de la raíz de tu pene. El deseo debe desaparecer pronto. Si no es el caso, ya que hace falta cierto entrenamiento, haz squeezes inmedia-tamente. Más tarde reanuda con el mismo estado de ánimo hasta la próxima oleada, con la que procederás de la misma manera. Al cabo de dos o tres alarmas, puedes cambiar de mano, alternarlas, masturbarte sólo mediante el anillo pulgar-índice, activar los músculos de las nalgas, con el pene estirado y muy tendido hacia arriba. Luego te distiendes y te masturbas con menos fuerza y con mayor rapidez limitándote a la parte inferior del pene.

Desde hace algunos momentos, el rocío preespermático ha aparecido. Puedes reposar unos instantes o incluso durante un tiempo prolongado: la erección ya no pierde vigor. Al reemprender el contacto manual quedarás sorprendido de la increíble facilidad con la cual mantienes la presión al tiempo que la dominas. Te parecerá que entras en una especie de lacinante torpor, no haces ningún esfuerzo para disociar el cerebro del cuerpo, literalmente «flotas», se te escapan todas las sensaciones y, a la vez, las percibes.

Llega por fin el momento en que el automatismo «dirigido» de la masturbación se te escapa hasta el punto de que, en medio de tu semiinconsciencia, la mano parece que no te pertenece del todo sin que por ello la atribuyas a alguien ajeno a ti (lo mismo sucede con una masturbación realizada por otro desde el comienzo).
En este «estado segundo», y debido al entumecimiento de los testículos, percibes por momentos la realidad del gesto y la constancia de la excitación. El placer se convierte en una especie de vértigo y cuando, por intermitencia, el cerebro «se adhiere» y tú continúas la masturbación, parece que tu goce no quisiera cesar.
Mediante una «fase de meseta» intemporal debida a la «desconexión» acabas de obtener un goce permanente del orgasmo eyaculatorio.

Texto Original de libro de Mark Emme: “Tecnicas de maturbación para el hombre”

Post from: Sexologia por Sexologos Valencia.

Tecnicas de Masturbacion Masculina IV.

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